sábado, 2 de mayo de 2020

Gabriela Mistral, desorden de mujeres.



         “Yo me temo mucho que vaya a fracasar la linda intención del señor Ministro Aedo, de someternos a una encuesta verbal, a una confesión clara, a un testimonio. Y que fracase a causa de nuestra malicia de mujeres y, sobre todo, de nuestro radical desorden de mujeres. Querer reducir a normas y poner en perfil neto nuestro capricho consuetudinario, es una empresa de romanos que nosotras podemos desbaratar entera, fingiendo que la obedecemos”. [i]

         Estas son algunas palabras de Gabriela Mistral en el poderoso discurso hecho acontecimiento dentro del  encuentro con otras dos grandes: Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, que se dio en Montevideo para 1938. Desde allí  podemos  recuperar la dimensión subversiva de la poesía escrita por  mujeres a mediados del siglo pasado en Latinoamérica. Mistral es tal vez una de las poetas americanas más sacralizadas y a la vez quien  mejor se ofrece para develar una complejidad y riqueza que no se subsume a la norma.

        Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, nació en Vicuña, Chile en 1889  y fue la niña que a los diez años, acusada de robar un cuaderno en su escuela,  recibió la humillación y  castigo de recorrer el patio mientras sus compañeros le gritaban  a coro “ladrona”. También la primera poeta iberoamericana en recibir  el Premio Nobel de Literatura en 1945, con el seudónimo que usará siempre: Gabriela Mistral.  Aquella marca en la infancia determinó que su madre la retirara de la escolaridad formal para continuar sus  estudios con la hermana  mayor y más tarde de forma autodidacta.

         Como otras poetas de su tiempo fue pronto maestra,  una tarea emprendida por mujeres y claramente vinculada a un imaginario que ponía en continuidad el rol de madre y la enseñanza de los primeros años. Pero si Mistral introdujo el lugar del niño en la poesía no lo hizo de manera inocente, aún desde un registro de ternura y cuidado  instaura una  dimensión social que bien denuncia la mirada esquiva y el desamparo al que se lo expone.
        En un lúcido ensayo “La mujer y las máscaras en Gabriela Mistral”, Mónica Barrientos reflexiona sobre la operación discursiva que realiza la poeta:
“Es precisamente en este resquicio, en este “fingir que obedecemos” donde surge, dentro del discurso cultural, la imagen de una identidad que ha negado su propia subjetividad y que intenta reconstruirla. En esta disyuntiva, Gabriela Mistral reconoce otras subjetividades, otras identidades como son el indígena, el campesino, los niños y la mujer.” [ii]
          ¿De qué se trata una escritura femenina sino de incluir al otro, al diferente,  desbordar los márgenes para integrar o amar?

 “Me siento como una acumulación de hablas reunidas. Apenas llevo el acento individual, la voz que lleva un nombre solo”[iii], dice mientras presenta a Alfonsina, a Juana y recupera la importancia de quienes  las anteceden: las poetas uruguayas Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira, tan pronto desaparecidas.

             La locura es otra de los tópicos a analizar en su obra. Es en “Locas Mujeres”,  dentro de “Lagar I” donde plasmará un discurso sobre lo que no se subsume a una esencia, ese mujerío “al presentar una variedad de voces femeninas que hablan desde la intimidad. Su discurso es íntimo y confesional  llama a las otras a participar de este mujerío: la abandonada, la ansiosa, la bailarina, la desasida, la dichosa, la fervorosa, etc. sólo por nombrar algunas de la primera serie. Esta enumeración es el primer elemento importante, ya que nos enfrentamos a un universo plural, a una sinfonía de voces que carecen de nombre propio, por lo que podríamos llamarlas las innombrables[iv]

          En Gabriela Mistral, la locura se entiende como una forma de plantearse y replantearse frente a una sociedad masculina. Dice Barrientos: ” La mujer loca es una imagen que escapa al intento de clasificación, por lo que para la autora es una de las formas que tiene para manifestar, una vez más, una crítica a la sociedad en que está inserta. Es una elección política y consciente de representación de su propia individual

         Su biografía estuvo  siempre cercana a la desolación y la tragedia pero también plena de apertura a un lazo con el mundo en su labor diplomática, a un quehacer generoso en la pedagogía, al viaje como instancia de felicidad. Sin dudas hubo en ella una potencia capaz de sobrellevar situaciones muy duras. Primero el suicidio de quien había sido su novio en la juventud, episodio con el que se relacionan  la escritura de “Los Sonetos de la muerte”, luego el de los queridos amigos: Stefan Zweig. y su esposa. Pero sin dudas la tristeza capital llegó con el  suicidio a los 18 años de su hijo adoptivo, a quien llamaba Yin Yin.

       "La mala muerte entró por mi casa y más malvada que nunca. Mi niñito no se fue por dolencia, se me mató", escribía Gabriela  poco después de que su hijo Juan Miguel Godoy, se quitara  la vida  en 1943. La escritura se convirtió entonces en su refugio, en un  intento de abordar  interrogantes  que vuelca también en la correspondencia que mantuvo con Victoria Ocampo. Dedicó cuadernos enteros al recuerdo de ese hijo, material que solo  recientemente es accesible, aunque en gran parte se mantiene inédito.

        Gabriela  falleció en 1957, en Estados Unidos,  acompañada por Doris Dana, su secretaria,  amiga y probablemente pareja, como parecen indicarlo cartas y documentos privados. Este material regresó a Chile en 2007 e incluye una gran y variada cantidad  de información que permitirá conocer aspectos  públicos y privados de  sus últimos 20 años de vida y serán el punto de partida de nuevas miradas sobre su obra.


PIECECITOS


                 A doña Isaura Dinator.
Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!
¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!
El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;
que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.
Sed, puesto que marcháis
por los caminos rectos,
heroicos como sois
perfectos.
Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!

Gabriela Mistral





[i] Texto leído por Gabriela Mistral en el Instituto Vásquez Acevedo, con ocasión del curso latinoamericano de vacaciones, realizado en Montevideo, Uruguay en 1938. Asisten a este curso junto a Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou.

[ii] Mónica Barrientos Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid2008

[iii] Lorena Garrido. 2005. «Storni, Mistral, Ibarbourou: encuentros en la creación de una poética feminista». Documentos Lingüísticos y Literarios 28: 34-39
www.humanidades.uach.cl/documentos_linguisticos/document.php?id=90 (Dirección Electrónica)
[iv] Mónica Barrientos. Op. Cit.