jueves, 2 de noviembre de 2017

La palabra como carnada, Clarice Lispector.
                                                                               

Escribir es usar la palabra como carnada,
 para pescar lo que no es palabra.
Cuando esa no palabra, la entrelínea,
muerde la carnada, algo se ha escrito”.

Clarice Lispector
                                                           

        Con su máquina de escribir sobre la falda, Clarice está lejos del  imaginario habitual del escritor, su acceso a la literatura trasciende convenciones o estereotipos. Cuenta en una entrevista: - “Cuando mis hijos eran pequeños, escribía mientras los cuidaba,  con ellos potreando a mi alrededor. Siempre quise evitar que tuvieran de mí la imagen de una madre escritora. Escribía entonces cerca de ellos tratando de no aislarme”  [1]

       No cultivó como pose o estrategia la pertenencia al mundo literario:-“Siempre rechacé los llamados medios intelectuales·, tengo amigos escritores, pero en primer lugar son amigos, y después escritores. Nunca me acerqué a nadie por el hecho de que como yo escribiera: me repugna el mundo superficial de los literatos. Soy una persona amiga de otras personas.”[2]

       Clarice nació casualmente en un pueblo de Ucrania en 1920, en medio de un viaje rumbo a  Brasil, al fin del cual, con su familia de origen ruso,  se instaló en Recife. Su padre fue un matemático, su madre que también escribía era paralítica,  murió cuando ella tenía diez años.  Tal vez ese acontecimiento haya marcado su extraordinaria capacidad introspectiva, su interrogación constante de  la subjetividad femenina, de la existencia misma, entre la carencia y la esperanza, entre sus preguntas y la deriva del fluido metonímico que envuelve su escritura.

       Un hermoso cuento del libro Felicidad Clandestina: Restos de carnaval,  refleja algo de su infancia y la enfermedad de una madre. Entre la culpa y el deseo, el relato gira sobre la expectación de una niña por acceder a la fiesta, al disfraz con que inventarse en carnaval.  Dice la niña: -“No me disfrazaban: entre tantas preocupaciones por mi madre enferma nadie en casa tenia cabeza para el carnaval de un niño”
      Solo la generosidad de otra madre le permite que su anhelo se concrete: es con los restos que algo va a construirse. Después de luchas internas,  la mirada de otro niño,  la devuelve al lugar donde el  deseo se realiza.: - “Y yo mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que por fin alguien me había reconocido: yo era, sí, una rosa.”

      Desde la niña a la anciana, Clarice refleja en los personajes que construye, la  insistencia del ese real donde se tocan  la sexualidad y la muerte: En el cuento Ruidos de Pasos, del libro El vía crucis del cuerpo,  Doña Cándida Raposa, viuda de 81 años  pregunta avergonzada al médico: “- ¿Cuándo es que pasa? La cosa. El deseo de placer.” Con  ‘ruido de pasos’ la muerte trae el alivio, la bendición, libera de  la insistencia de aquello que no cesa,  hasta el final.

        Considerada como una escritora que describe lo indescriptible, reflexiona sobre su particular relación con los objetos, a los que dota de una profundidad y atemporalidad  con las que  logra redimensionar lo cotidiano:

     “Eso es así porque yo creo que los objetos tienen un áurea como las personas. Yo durante mucho tiempo he tomado notas para escribir sobre el áurea de las cosas.
Siempre amé a Van Gogh como pintor y una de las características  por lo cual lo aprecié tanto,  es justamente esa comunicación con los objetos. Yo siento en ellos lo mismo que el sintió.”[3]

        En su  cuento Amor, la ordenada ‘vida de adulto’ en la que una mujer había reducido su existencia, se desorganiza ante la visión de un hombre ciego en la calle. Ese encuentro la confronta con ella misma y conmueve su acomodada realidad.

     “Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.”

      Clarice estuvo casada con un diplomático con el que tuvo dos hijos, residiendo en distintos países mientras la relación se mantuvo. En 1959 se separó y se instaló en Rio de Janeiro donde retomó la actividad periodística que había iniciado siendo muy joven. Publicó cuentos y novelas, dedicando también un aspecto de su trabajo a la literatura infantil. Tal vez su obra máxima sea La pasión según G. H publicada en 1963.

     En 1966 una colilla mal apagada provocó un incendio en su dormitorio. Sufrió  graves quemaduras, secuelas que la llevaron a una  profunda depresión, pese a la contención y compañía de su entorno. Clarice murió temprano, a los 56 años  al tiempo de publicar su  última novela La hora de la estrella., un libro que culmina con la muerte de su protagonista, una mujer joven y pobre del nordeste del Brasil. Aunque al escribirla Clarice no estaba al tanto de padecer cáncer de ovarios, es una obra que está plagada de referencias al tema de la muerte.

    En Agua Viva, un libro donde la escritura acompaña el flujo de la conciencia e intenta captar el instante, Clarice reflexiona:[4]

“Pero yo denuncio. Denuncio esa debilidad nuestra, denuncio el horror alucinante de morir, y respondo a esa infamia con –exactamente esto que va a quedar ahora escrito –y respondo a esta infamia con alegría. Purísima y levísima alegría. Mi única salvación es la alegría.”




[1]“Los libros son mis cachorros. Entrevistas a Clarice Lispector” por Eric Nepomuceno en Un aprendizaje o el libro de los placeres: Ediciones Corregidor. 2013
[2] Eric Nepomuceno. op .cit
[3] Vera Ocampo, Raül. El misterio de vivir. Conversación con la novelista brasileña Clarice Lispector en El Viacrucis del cuerpo. Ediciones Corregidor.2012
[4] Lispector, Clarice: Agua Viva.  Ediciones Siruela. Madrid. España


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